Las contradicciones de la “descarbonización”

Parece contradictorio que se ponga tanto énfasis en el cierre de las centrales a carbón y no tanto en otras fuentes que siguen dañando directamente la salud de los habitantes, como son las fuentes móviles, especialmente aquellas que usan diésel. A las cuales, incluso, se las beneficia con un menor impuesto específico que a las gasolinas.

Miércoles, 19 de diciembre 2018

En Chile, entre los meses de enero y octubre del presente año, el 40% de la electricidad se ha generado con centrales termoeléctricas a carbón. En el resto del mundo la situación es muy similar.

El carbón ha sido desde hace más de un siglo el responsable de gran parte del abastecimiento energético mundial, dadas sus múltiples ventajas, entre ellas, la más importante su bajo costo, comparado con otros combustibles. Sin embargo, presenta una gran desventaja: ser contaminante.

En este contexto, cuando se habla de reducción de emisiones todos los dardos han apuntado al carbón, llamando a la “descarbonización”. No obstante,  esta denominación no se refiere concretamente al carbón, sino al carbono, elemento que contienen todos los combustibles fósiles, ya que su combustión produce C02, catalogado como uno de los responsables del cambio climático.

Así las cosas, tanto sectores políticos como empresariales están acordando el cierre de las centrales a carbón, dado que aparece como un tema “popular”. Se dice, incluso, que al 2030 debieran cerrarse todas las centrales termoeléctricas a carbón. Sin embargo, poco se habla de sus efectos en la seguridad del sistema y los costos de la electricidad. Se echa de menos un estudio oficial respecto de las implicancias que esto tendrá en los precios a los clientes finales, particularmente en la pequeña y mediana industria que, en muchos casos, han transitado desde la opción de “cliente regulado” a “cliente libre” con contratos de mediano plazo, obteniendo así menores precios.

Si bien la descarbonización es necesaria., debiese llevarse adelante a través de un cierre programado de centrales, en función de su vida útil y con  especial atención en minimizar el afecto en el abastecimiento y los precios. Por otra parte, cabe recordar que las centrales termoeléctricas han debido adaptarse a la norma de emisiones locales promulgada en el año 2011, que obliga a una reducción de las emisiones de tres de los principales contaminantes atmosféricos: el material particulado, el dióxido de azufre y el óxido de nitrógeno, a niveles tan exigentes como los de Europa. Esta reducción tiene un impacto directo en la salud de la población local y del ecosistema. Asimismo, la reforma tributaria impuso un nuevo impuesto a las emisiones que hace que las centrales carboneras pierdan competitividad en el mercado.

Parece contradictorio que se ponga tanto énfasis en el cierre de las centrales a carbón y no tanto en otras fuentes que siguen dañando directamente la salud de los habitantes, como son las fuentes móviles, especialmente aquellas que usan diésel. A las cuales, incluso, se las beneficia con un menor impuesto específico que a las gasolinas.

Si se trata de contribuir a disminuir los gases efecto invernadero y cumplir los acuerdos que Chile ha tomado al respecto, cabe consignar que, según un informe reciente dentro de las “actividades de quema de combustible” y que por tanto emiten C02, las "Industrias de la energía” aportan el 41,5% del total y en segundo lugar se ubica '•Transporte’' con un 31,3%.

También parece paradójico no escuchar voces proponiendo medidas para controlar las emisiones de metano que provocan las heces de los ovinos y vacunos, toda vez que ya existen mecanismos para atenuarlas. Se estima que el metano contribuye con un 15% al calentamiento global y se espera que a finales del siglo XXI el efecto de este gas supere al del dióxido de carbono.